
Espero a no sé quién y no sé cuánto
tardará en revelarse: su misterio
me librará quizá del cautiverio
al que me ha confinado el desencanto.
Espero a no sé quién y, mientras tanto,
ejerzo mi eficiente ministerio:
mis penas voy llevando al cementerio
con la mortaja diaria de su llanto.
Espero y me sostiene la añoranza
de aquella milagrosa epifanía
que no conoce dios ni tiene dueño.
Y, cuando se marchita mi esperanza,
la soledad me da su compañía
y protege, abrazándome, mi sueño.
Cristina Longinotti
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